15/06/2026
Últimamente he atravesado situaciones que pensé que nunca volvería a vivir. Circunstancias que escaparon por completo de mi control y que una vez más, me colocaron en ese lugar incómodo de vulnerabilidad, donde las decisiones y acciones de otr@s terminan afectando nuestro camino. Cuando somos niñ@s, creemos que mamá y papá tienen la capacidad de protegernos todo el tiempo de las injusticias, el dolor, las decepciones y el sufrimiento; Crecemos pensando que sus brazos son un refugio infalible. Sin embargo, con el paso de los años entendemos que esos super héroes llamados padres también son seres humanos y que su amor es inmenso, pero que no siempre tienen el poder para librarnos de todas las batallas.
Quizá por eso elegimos también creer en un Padre más grande, en un ser superior que nos acompaña, nos sostiene y nos cuida incluso cuando nadie más puede hacerlo. Depositamos nuestra confianza en Dios, convencidos de que su amor y su poder serán suficientes para guiarnos. Pero ¿Qué sucede cuando la vida nos golpea tan fuerte que sentimos que incluso Dios nos ha fallado? ¿Qué pasa cuando permitimos que la duda entre en nuestro corazón? Nos sentimos como un barco a la deriva, preguntándonos por qué, si ¿Él es tan poderoso y amoroso, permitió que atravesáramos determinada calaminad, dolor e injusticia? Y si Dios lo permite, entonces ¿Qué mas podemos esperar de las personas?
La realidad es que a veces perdemos la fe. Y sí, es más común de lo que pensamos y tampoco debemos sentirnos mal por hacerlo. Sin embargo, también puede ser necesario; Porque en medio de esa oscuridad se abre un espacio para reflexionar, para cuestionarnos, para dejar atrás el orgullo que nos mantenía de pie solo en apariencia, mientras por dentro seguíamos heridos. La fe no solo sostiene: también Reconstruye. Nos ayuda a soltar el peso de las expectativas irreales y a colocar cada carga donde corresponde. Nos enseña a distinguir entre lo que está fuera de nuestras manos y aquello de lo que sí somos responsables. Nos recuerda que no todo lo que duele es castigo, ni todo lo que se pierde es una derrota.
Y cuando la Fe regresa, lo hace transformada. Ya no como una certeza ingenua de que nada malo ocurrirá, sino como la convicción profunda de que, aún en medio de la tormenta, encontraremos la fuerza para seguir adelante. Porque creer no significa vivir sin dolor; significa descubrir que somos capaces de atravesarlo sin perdernos por completo a nosotr@s mism@s. Lo cierto es que no existe la fe perfecta, sino una fe que en ciertos momentos será puesta a prueba. Y muchas veces son precisamente esas etapas de duda, enojo, tristeza y vulnerabilidad las que terminan transformándonos más profundamente. By Marie Vi. ✨️💛✨️