06/09/2026
Siguiendo con la serie de relatos hoy publicamos:
EL ENCINITO.
En una ladera que hay en el cerro de Xolot, la que había sido restaurada después de un fuerte incendio y donde habían sido plantados muchos encinos tejocotes y huizaches, había un encino con un fuerte tronco lleno de un hermoso follaje.
Bien pues ese encino era el primero en dar su fruto, varias bellotas colgaban de sus ramas, las que al ir madurando fueron poco a poco cayendo al suelo.
Las ardillas lo notaron y rápidamente fueron a recogerlas para darse el gusto de comerlas, pues antes no había encinos en esta parte del cerro.
Pero un día, pasó un faenero, que ya había observado que ese encino tenía bellotas por lo que se puso listo para recoger algunas, las que inmediatamente sembró por ahí cercas.
Él tenía ilusión de que germinaran pues sería ya una segunda generación cosa que para los faeneros tenía un gran significado.
Pero las ardillas bien listas vieron donde las depositaba, por lo que en cuanto se fue corrieron veloces a rascar y tomarlas para comérselas.
Hum, que ricas saben- decía una de ellas.
Deliciosas comentaba otra-
qué bueno que plantaron encinos en esta área donde casi no había.
Sin embargo, una de ellas dijo:
Pero no nos comamos todas, dejemos una para que germine, pues a nosotros nos conviene, para que cuando crezca nos dé más bellotas, así sumando todas las que den los demás encinos plantados aquí tengamos más que comer.
Es cierto, comentaron las demás.
Y así de común acuerdo dejaron esa bellota cercas de su padre como a 8 metros de distancia.
Días después regreso el faenero, y vio que los lugares donde las había depositado alguien había estado rascando, por lo que revisó bien encontrando que ya no había nada.
Solo suspiró y pensó que algún animal se las había comido, cosa que en el fondo le agradaba.
Pero días después al revisar nuevamente el área, vio que había un pequeño brote, ¡estaba naciendo un encino¡Lo que le llenó de alegría y satisfacción.
Presuroso le acomodó bien su cepa para que retuviera agua, y para guardar humedad recogió varias hojas tiradas del encino padre y con cariño y delicadeza le cubrió el suelo desnudo, dando cobijo al pequeño encino, el que aprovechando esto se fue desarrollando más y más, y así cuando las lluvias llegaron lo llenaron más de energía y de vida.
A las ardillas les daba gusto ver la alegría del faenero pues sabían que todos ellos cuidaban mucho el bosque el que era su hogar, por lo que hicieron un pacto, entre todos respetarían a este encino y lo cuidarían para que creciera.
Y así el pequeño encino ha ido enraizando y creciendo, sin embargo, todos saben que la vida es dura y que esta apenas comienza y que se vendrán difíciles épocas de sequía donde los incendios podrían presentarse.
¿Podrá este encino sobrevivir a las duras condiciones que se avecinan?
¿Podrán los faeneros nuevamente impedir que haya otro incendio?
¿Tendrán fuerza para a clarear, hacer brechas cortafuego, líneas negras como lo han hecho durante estos últimos diez años?
Las ardillas unánimemente mencionaron que no dudaban de esto para nada, y sabían que este lugar, que antes era duramente castigado con constantes incendios seguiría siendo protegido dando más alimento y más sitios para hacer sus madrigueras y sus crías pudieran desarrollarse.
El encinito tierno, el chicuelo, se sintió protegido y lleno confianza para seguir desarrollándose y así poder dar todo lo que de su parte le correspondía, brindando los elementos para que todos tuvieran una mejor calidad de vida.
Septiembre 2026.
José Rafael Alvarado Gonzalez