18/09/2026
TÍTULO: LA ÚLTIMA NOCHE
AUTOR: Luis Alberto Acuna
CATEGORÍA:
GÉNERO:
LA ÚLTIMA NOCHE
Mi nombre es Bernardino de Sahagún y fui el último en ver a Moctezuma Xocoyotzin con vida. He de relatar sus últimas palabras, las cuales han sido dichas luego de larga agonía.
Llegamos a esta ciudad de anchas avenidas hace 234 días y una noche, huyendo en la oscuridad, bajo los relámpagos de la tormenta Son incontables las muertes en la retaguardia. La ciudad está emplazada en el centro de las aguas y los canales que conducen al palacio se han transformado en una trampa. En lo profundo de la noche se oyen los gritos de los soldados y los tlaxcaltecas.
Otros habrán de relatar con mayor exactitud lo acaecido en esta triste noche. Yo, que conocí en persona a Moctezuma, he de relatar la verdad de los sucesos que nos han conducido a este desastre.
Jamás he conocido a nadie igual al Tlatoani de Tenochtitlan. De todo su ser emanaba un poder que empujaba a venerarlo.
Tuve la oportunidad de hablar con él, cuando luego de la matanza perpetrada por Alvarado decidieron encerrarlo y colocarle las ignominiosas cadenas, indignas de su nobleza que llevó hasta su hora última.
Alvarado era un ser despreciable, lo supe desde el primer día. La ausencia de Cortés no hizo más que desatar la bestia que habitaba dentro de él. Y cuando el general regresó no tuvo alternativa.
La última noche, Moctezuma se encontraba en el frío banco de piedra de su celda, de cara al horizonte con una piedra en su mano y no se volteó cuando me oyó entrar.
Hacía varios meses observaba con pesar ese trozo de obsidiana. Según pude inferir de nuestros intérpretes, era la piedra en la cual se había manifestado la profecía. Su dios, Tezcatlipoca, el dios humeante, se la había dado una tarde hace ya incontables lunas.
Allí, Moctezuma había observado los extraños seres de rostros pálidos y largas barbas que se acercaban, montados en extraños venados sin cuernos. Y desde ese momento, se convenció que quien llegaba desde el Este era aquel Quetzalcóatl que se había marchado a tierras lejanas y ahora regresaba a reclamar su trono. Por eso, le ofreció su imperio a Cortes apenas vio su extraña fisonomía, su hirsuta barba, sus ojos centelleantes. Cegado por el brillo de su armadura, creyó ver allí las señales inequívocas de un Dios. Sepan que, mi educación como monje franciscano me ha sido de invaluable valor ante tales supersticiones.
Cuando Moctezuma salió a recibirlo, la hermosa ciudad de Tenochtitlan brillaba en todo su esplendor. Construida sobre las aguas, solo era posible llegar a ella a través de espaciosas calzadas. Inmensos palacios se recortaban sobre el cielo, entre los cuales destacaba el Templo Mayor. Era un día habitual, miles de canoas surcaban las aguas de los canales llevando maderas labradas de hermoso lustre similar al alabastro o el ébano, telas exquisitamente tejidas, animales de toda índole, aves por doquier entre las que se destacaba el magnífico Quetzal y su extravagante plumaje de pedrería. También oro, plata y jade a las que los españoles tenían gran afición.
Innumerables han sido las cosas que me han deslumbrado en esta corta estadía en capital tan excelsa que ni aún la mayor de las ciudades europeas se le asemeja. Sus acueductos eran verdaderas obras de ingeniería. Lo he visto a Cortés tomar debida nota de ello, más como quien observa una debilidad militar que como quien se maravilla por el logro de una civilización.
Me encomendaron interceder ante Moctezuma para lograr que se asomara y diera uno de sus habituales discursos con los que Cortés intentaba seguir con el control del reino. El rey no era ya más que un títere bajo las órdenes del Adelantado.
En tiempos pasados, la gloria de Moctezuma, similar a la de un ser divino se paseaba por los salones del palacio, rodeado por sirvientes que no osaban siquiera mirarlo a los ojos. Los doscientos acólitos que lo acompañaban en su palacio le debían el respeto de un Dios.
Ahora se hallaba en esta celda fría, donde fuera recluido por orden de Cortés. Al principio la orden había sido tratarlo con el máximo respeto, so pena de que cualquiera que osase ofenderlo sería castigado severamente.
Pero en los últimos días, tales consideraciones parecían haberse perdido completamente. Entré al recinto no sin antes anunciar mi visita y quedé parado en el rincón más alejado de la celda.
Fue entonces cuando habló, en su delicada lengua náhuatl y me dijo:
—Yo vi en el espejo de Tezcatlipoca vuestra llegada. Sé que moriré aquí.
Luego calló.
Intenté sacarlo de su mutismo, hacerlo reaccionar. Afuera sus súbditos reclamaban su presencia y él debía salir a apaciguarlos. Tal era mi misión..
—No es necesario que así ocurra— contesté – ese espejo que tienes en tus manos solo te ha mostrado lo que querías ver.
La cara del monarca se transfiguró.
—Todos estos espejos—insistí— y los que habrá en el futuro, solo son artilugios de magia .
El rey me miró con esa gravedad que lo caracterizaba. Desde niño había sido educado en todas las artes proféticas, llegando a ser uno de los sacerdotes de Huitzilopochtli, dios de la guerra y el sol.
—No intentes engañarme —contestó—. Sé bien que Quetzalcóatl ha vuelto. Me lo han anunciado múltiples señales. Una estrella ha caído incendiando el cielo y yo mismo he visto a tu general montado en esas terribles bestias que traéis con ustedes.
Todo esto me lo decía Moctezuma a través de nuestra intérprete Malitzin, una princesa indígena que Cortés tomó bajo su protección y que resultó sernos de suma utilidad.
—Necesitamos que intercedas ante los tuyos o todos moriremos aquí—le dije alarmado, ya que miles de sus soldados tenían rodeada la ciudad y esperaban una orden para atacar. Por último y casi sin pensarlo, agregué:
—No somos dioses. Mi dios, el único, no habita entre nosotros ni entre paredes de piedra. Él murió en la cruz para expiar nuestros pecados.
Malitzin tradujo mis palabras lentamente.
El semblante de Moctezuma se oscureció. Su rostro, que hasta ahora había sido bondadoso y de un extraño carisma se trasformó en una máscara grave y taciturna.
—Entonces nada de esto tiene sentido— fueron sus últimas palabras antes de salir.
Luego oí los gritos de los que se habían congregado para escuchar su discurso bajo las paredes del palacio. Acto seguido, el caos se apoderó de la ciudad.
Moctezuma fue asesinado . Algunos dicen que lo descalabró una piedra lanzada por su propia gente , otros , que lo mató el puñal de una mano española. Nosotros, huimos en la noche, perseguidos por miles de mexicas que han perdido todo temor, ahora que saben que Dios está muerto.✒️
©Luis Alberto Acuña 2026 - El autor es integrante de los Talleres CuentaCuentos de Daniel Petasne