02/05/2026
Duele admitirlo, pero es una verdad que se repite una y otra vez: muchos hijos de santo ya no comprenden lo que significa realmente pertenecer a un axé.
Se habla de compromiso, de respeto, de jerarquía… pero cuando llega el momento de sostener una regla, de aceptar un límite, de caminar con disciplina, aparecen las resistencias. No toleran ni siquiera un llamado de atención: ante el mínimo reto, se enojan, se cierran, se alejan. Bloquean, se toman distancia como si el vínculo espiritual fuera descartable, como si el axé fuera algo que se usa a conveniencia y no un camino que se honra con responsabilidad.
Olvidan —o eligen olvidar— que ese mismo axé que hoy pisan fue el que los levantó, el que les dio nombre, camino, contención y sentido. El orixá no es un adorno, ni una identidad para mostrar cuando conviene. Es raíz, es destino, es compromiso.
Y en ese olvido también se pierde algo aún más grave: el respeto por quien los guió. Por su baba, por su iyá… quienes no solo enseñan, sino que sostienen, cuidan y muchas veces cargan con responsabilidades que otros ni siquiera imaginan. La falta de respeto no es solo hacia la persona, es hacia toda una estructura espiritual que tiene orden, fundamento y propósito.
Entonces aparece lo más triste de todo: cada uno empieza a construir su propia versión de la religión. Sin reglas, sin fundamento, sin tradición. Una religión a medida del ego, donde lo incómodo se descarta y lo sagrado se adapta.
Pero el axé no es eso. El axé no se negocia. El axé se respeta, se cuida y se sostiene, incluso cuando cuesta.
Porque ahí es donde se ve quién realmente está en el camino… y quién solo estaba de paso.