26/02/2022
BREVE CRONICA DE UN GOL OLIMPICO
Al levantarse las medias embarradas, intentó recordar sin fortuna donde había dejado sus llaves. Se puso de pie. Inclinó el cuerpo hacia atrás, como gato que hincha el lomo y con el mismo susto, se impulsó con fuerza hercúlea a golpear el balón. Entonces sintió que aún no era tiempo. Y no pateó.
Las trifulcas en el área chica lo apuraban, pero mantuvo la calma. Comprendió a medias, el poder que esgrimía. Todas las miradas estaban puestas en él. Infló su pecho de aire y miedo. Miro en silencio y con jactancia la tribuna rival, esperando quizás que lo insulten, lo escupan o lo olviden.
Ya metido en una ronda de impaciencias, amenazas y descalificaciones, puso en marcha su mecanismo habitual: patear al bulto. Sólo que esta vez, la fortuna daría un paso hacia el abismo.
Luis, pateó con fuerza y ayudada tal vez por el viento y el revuelo desorientador del área, la bola cruzó silbando y endiablada por encima de doce cabezas esperanzadas y un puño mal puesto, y se incrustó del otro lado del arco, cortando la red y cambiando su día. Ese domingo lluvioso a la hora de la misa, Luis, había hecho un gol olímpico.
Se levantó temprano, luego de dormir poco, afectado por un desvelo insospechado. Se le arruinó sin remedio la marcha del auto. La mecánica le era esquiva, igual que el amor y otras suertes. Debía sortear la ruta desde su casa, hasta el campo de juego. Unas 30 manzanas de campo inhóspito y desalentador. Le daban ganas de volver a la casa y ver maratones de series o apenas ronronear un rato en la tibieza de su cama vacía.
Sin embargo, un inexplicable impulso lo s**o a patadas en el c**o y lo puso fuera de su casa. Y caminó sin ánimos, pensando en cualquier cosa, hasta que lo invadió la sospecha de que no había cerrado la puerta. Pero se hacía tarde. Para regresar y quitarse la duda, y luego ponerse en camino. O para llegar a tiempo, y exponerse a la tardía noticia de que un intruso se metió en su casa.
Llegó mojado, 10 minutos tarde y fastidioso. No se cambió, ya que no tenía caso. Llovían japoneses de punta. Se esperanzó por un instante con la idea de la suspensión del partido pero ni esa suerte tuvo. No había fechas para reprogramar ni partidos ni sueños ni nada.
Jugó un primer tiempo aciago, más luchado que vistoso mientras culpaba en silencio al clima, al gobierno y a Dios. Tres quites oportunos, un lateral que el 4 ejecutó mal, medio tiro al arco y 1 foul recibido. Nada que recordar. El previsible 0-0.
Era un día de esos, que arrancan mal y con fortuna, apenas no empeoran. El contexto empantanado, la poca visibilidad y su humor de caverna, no aventuraban ninguna mejoría.
En el descanso, oyó por allí una broma simple que le dibujó una sonrisa. El 3 se burlaba de sí mismo por llegar siempre tarde a las divididas y encargó un Remis. Y una respuesta picante del 9, que lo invitaba a correr, al menos porque hace bien a la salud. Luego corrieron infinidad de reproches, órdenes, esquemas, fastidios y bromas de cama.
Comenzando el segundo tiempo, se sintió más suelto y entregado al juego. Hasta que un lateral intrascendente lo puso de nuevo en su sitio. El 7 rival, de bolea, estacó en el marcador un gol intachable. Comenzaron las acusaciones, las rencillas de reunión, los espantos de oficina. Siempre es culpa del otro. Pero Luis, se mantuvo ajeno.
Ya corriendo los minutos, recibió un foul que levantó los ánimos. A la salida de un tiro libre mal ejecutado, el 5 sacudió sus crines de alazán indomable, impactando la bola con un efecto que la envió por encima del arquero. Gol. 1 a 1. De vuelta a empezar. Luis, aplaudió arengando a los suyos, más por compromiso que por convicción. Andaba muy afectado por múltiples dudas: ¿Cerré la puerta?; ¿El gato me va a c***r la alfombra?, Etc...
Cerca del final del partido, y con el rostro maquillado de mugre, sucedió el milagro que nadie esperaba. Ni siquiera, Luis. Los flamantes de Villa Bonich, ganaron un partido. Perplejo aún, y pétreo como estatua de prócer, recibió el afecto sobrenatural de sus compañeros por su Azaña. Ocho abrazos, doce insultos, una bife cortito al rostro y cuatro besos. Al terminar, al fin de los elogios efímeros y las gratitudes superfluas, puso marcha al regreso. Encontró sus llaves, al fondo de un bolsillo repleto de migas de pan y unas monedas de 50 centavos.
Al trote incómodo y apurado, con el corazón hinchado de orgullo y la desolación en espera, cruzó la ciudad entre charcos y ranas que huían.
El domingo triste en que Luis hizo un gol olímpico, desvalijaron su casa.
TOMAS OCAMPO