20/10/2026
No es “pobreza de tiempo”, es la explotación capitalista
(Los trabajadores y su pobreza de tiempo)
Antón Rojo
En algunos medios periodísticos se comienza a hablar de este aparentemente nuevo problema: “la pobreza de tiempo”. Y se le pasa a definir como la carencia de tiempo por parte de las personas para, después de su trabajo diario, disponer del tiempo suficiente para descansar, alimentarse tranquilamente, convivir con su familia, ocuparse de su aseo y de su casa, estudiar, cultivarse, distraerse, practicar algún deporte, etc.
Para muchos trabajadores mexicanos, ya sean de turno fijo o sometidos a rolar turnos, la ocupación de su tiempo para estar disponible a las órdenes de su patrón, empieza mucho antes de estar frente a las máquinas para trabajar: a las 4 o 5 de la madrugada para alistarse, asearse rápidamente, prepararse algo de almorzar y correr a alcanzar el transporte público, la mayoría de las veces, tardado, lleno a reventar e ineficiente, o alcanzar “el que le pone la empresa”, no tanto para que vaya más cómodo, sino con la calculada intención de que no llegue tarde a reemplazar a los que salen ya agotados del turno anterior y no se corra el peligrosísimo riesgo (para los patrones) de que la producción se detenga.
En todo este trajinar para dirigirse al trabajo, el tiempo que el obrero ocupa (hasta para comer y dormir), está en dependencia de que tiene, forzosamente, que ir a trabajar, es decir, no son actividades y horarios elegidos libremente por él, sino impuestas por la circunstancia de que tiene que ir a trabajar. Pero, como están realizadas en su, aparente “tiempo libre”, queda disfrazado el hecho de que son actividades completamente ajenas a su libre voluntad y sí, claramente impuestas por su situación de explotado por un patrón. Y no sólo impuestas al obrero como persona individual, sino prácticamente a toda su parentela: sus padres, su pareja, sus hijos… que se ven todos ellos sometidos a ese rutinario y fastidioso ritmo de vida.
Al cruzar el umbral de la fábrica, de manera más descarnada y directa, su tiempo le pertenece mucho menos a él como obrero: ha sido contratado por una jornada, el patrón ha pagado o pagará un salario por ella y se cuidará de que lo que ha comprado no se le escamotee. Lo aprovechará al máximo estrujando toda fuerza vital del obrero con la velocidad e intensidad de la maquinaria: el obrero no puede y no debe descuidar la producción (salvo el tiempo estrictamente necesario para alimentarse, pues hasta ésta máquina humana también llega a requerir cierto combustible), no debe distraerse, descansar entre jornada, no debe ir al baño las veces que quiera, observar su celular, platicar con sus compañeros de trabajo; ese tiempo es del patrón y para asegurarse de que no se le burle, tiene a su servicio vigilantes y capataces, cronómetros y cámaras de seguridad para que no se le robe lo que es suyo. El patrón exige como Shylock, -el avaro y codicioso prestamista judío de la novela de William Shakespeare “El mercader de Venecia”-, que a la falta de pago por un préstamo exigía se le diera “una libra de carne de lo más cerca del corazón” de su deudor, que se le reponga lo que ha gastado, con una libra del corazón: “¡sí, del corazón, es el contrato y debe cumplirse!” decía Shylock.
Terminada la fatigosa y fastidiosa jornada, el obrero emprende el camino de regreso a su casa, igual o peor de largo y sinuoso que el de ida, pero ahora con el agravante del cansancio, porque las fuerzas físicas y mentales que llevaba al entrar a trabajar, se las ha tragado la maquinaria y se han ido pegadas en los cientos o miles de mercancías que se produjeron durante el turno. Regresar a su casa es sufrir de nuevo los ineficientes transportes, dos horas o hasta tres horas de camino, llegar a medio descansar, medio alimentarse, medio enterarse de lo que hay en la familia y a tener que dormirse, ¡tener que dormirse obligatoriamente y descansar lo más temprano posible! porque al día siguiente hay que ir forzosamente a trabajar de nuevo. Y así, un día tras otro… “hoy es lo mismo que ayer, es un mundo sin mañana”, dice una popular canción. Y así, en toda su vida útil productiva.
A este vertiginoso, embrutecedor, rutinario y monótono paso del tiempo en la vida del trabajador, recientemente se le ha dado el elegante nombre de “desequilibrio en el balance vida-trabajo” y también “pobreza de tiempo” (en lo que, por cierto, México ocupa el último lugar de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en su tabla de equilibrio vida-trabajo). En efecto, el asunto es alarmante: en México, 84.2 millones de personas padecen la llamada “pobreza de tiempo” (datos extraídos del estudio “Oligarquía o democracia”, de Oxfam México. Publicado en el medio Expansión Política del 5 de abril 2026).
Frente a este problema, también han aparecido recientemente los políticos de siempre que, cual curanderos de los problemas sociales, prometen combatir esto… ¡impulsando una nueva ley!, la “Ley General para la Prevención y Erradicación de la Pobreza de Tiempo”, que ya se encuentra presentada ante los ociosos de profesión que ocupan las curules de las Cámaras de diputados y senadores.
El diagnóstico que se hace del problema es correcto, pero sólo son los síntomas, no la enfermedad. Veamos:
Es cierto, en él influyen las jornadas excesivas de trabajo (59.6 horas a la semana destinadas al trabajo remunerado), y a nivel nacional un promedio de 2,308 horas al año, bastante alejado de la media de 1,736 horas que tienen los países agrupados en la OCDE. En este punto vale la pena no olvidar que, en el asunto de la “reducción de la jornada laboral”, el gobierno actual no se atrevió a ir más a fondo en beneficio de los trabajadores y se negó a establecer en la ley laboral dos días de descanso obligatorio a la semana. Y, no sólo eso, impuso también condiciones que ahora abaratarán el pago de las horas extras: antes, pago triple después de la novena hora extra, ahora, el pago triple sólo hasta después de la doceava hora, un excelente regalo a la patronal, a quien verdaderamente sirven.
También influyen en el problema, evidentemente, el tiempo excesivo en los traslados. La Comisión Económica para América Latina (CEPAL), organismo dependiente de la ONU, estima que, en México, en promedio se usan 2 horas con 22 minutos en transporte público y 1 hora con 44 minutos en automóvil por trayecto, por cada día sólo para ir y regresar del trabajo. Pero, en las grandes zonas metropolitanas del país esto puede representar hasta 4 horas diarias. Las pésimas condiciones del transporte público y las deplorables condiciones de calles, avenidas y carreteras son responsabilidad de los tres órdenes de gobierno que no atienden ni resuelven esto en serio y a los cuales les importa poco la suerte de los trabajadores.
También destaca en las manifestaciones de este problema, las desigualdades de género que se originan: las mujeres tienen una carga mayor de trabajo pues, para el caso del trabajo doméstico y de cuidados, le dedican 21.5 horas más a la semana que los hombres.
Estas son las formas en que se manifiesta el problema de la ahora llamada “pobreza de tiempo”, son los síntomas, los efectos, es la forma en que se expresa y se desarrolla el problema, pero no son la causa, no son la enfermedad propiamente dicha.
Y esto lo debemos de tener claro todos los trabajadores para que no nos ilusionen los merolicos de ocasión vendiéndonos la idea de que “con una nueva ley” se va a “prevenir y erradicar” la pobreza de tiempo.
Vivimos en un sistema económico en donde el trabajador no es el dueño de los medios necesarios para producir bienes materiales para vivir, todos esos medios de producción, fábricas, maquinaria, materias primas, medios de comunicación y de transporte, son propiedad privada del capitalista y precisamente por eso al obrero no le toca más en suerte que encontrar quien le compre o le ocupe lo único que tiene para vivir: su fuerza de trabajo, su capacidad productiva. La tiene que vender, de una u otra manera, a este o al otro capitalista, pues si no, moriría de hambre y de necesidad.
El capitalista le compra al obrero su fuerza de trabajo no porque “quiera darle empleo”, no porque sea un desinteresado benefactor de los desposeídos, sino porque la necesita precisamente para mover las máquinas (que son suyas), transformar las materias primas (que también son suyas) y producir las mercancías (producto último que también es de su propiedad), mismas que después venderá para convertirlas, otra vez, en dinero contante y sonante, pero incrementado por el trabajo humano vivo que el obrero le inyectó directamente, acrecentando el valor de todo lo que ha salido de la producción.
Lo que recibe el trabajador a cambio de su fuerza de trabajo como salario, no es más que la suma de valores que ha requerido consumir para tenerla existente en su cuerpo, es decir, lo que necesita comer, vestir, calzar y del lugar que tenga para vivir, la suma de lo indispensable para tenerlo con vida a él y a su familia que, como dijimos, también está indirectamente al servicio del patrón para tener al obrero listo como máquina productiva antes de cada jornada.
El capitalista compra al obrero su fuerza de trabajo por el tiempo en que la necesite y por eso, para el capitalista, el trabajador es sólo tiempo de trabajo necesario para la producción.
Este es el fondo del problema: el capitalista es el propietario de todo lo que se ocupa para la producción de la riqueza social y por eso impone dictatorialmente todas las condiciones de vida del obrero, tanto dentro de su fábrica, ordenando de cuánto será su jornada y de qué hora a qué hora la deberá cumplir, de si hace falta o no prolongarla ordenándole tiempo extra, y para legitimar todo eso tiene a su servicio a los gobernantes que harán leyes que le cuiden sus intereses; de igual forma decidirá de cuánto será su salario, y para eso, también los gobernantes a su servicio impondrán topes a los aumentos salariales.
Pero el despotismo patronal no sólo se impone dentro de la fábrica, inunda también la vida aparentemente privada del obrero: a qué hora debe dormir, a qué hora debe despertarse para salir corriendo a trabajar, lo que debe o no debe hacer su familia para ayudar en la reposición de esa fuerza de trabajo, los hijos guardar silencio porque el padre “está de turno” y debe dormir, su señora a preparar alimentos para que reponga la fuerza productiva que ha sido vendida, a lavar, a planchar, a asear la casa, etc. También, toda la “vida privada” del obrero y su familia gira en torno a la forzosa venta de su fuerza de trabajo que ha tenido que realizar, porque no le queda de otra.
Así pues, lo que padecen los trabajadores no es “pobreza de tiempo”, es la explotación capitalista que no se va acabar con una o dos leyes promulgadas, que no se va a acabar con algún magro incremento salarial, ni siquiera con la reducción de algunas horas de su jornada laboral.
La única alternativa contra esto, es acabar con las condiciones económicas que hacen que unos cuantos sean propietarios privados de todo lo que se necesita para producir la riqueza social y acumulen enormes e insultantes fortunas; mientras que las grandes masas trabajadoras, verdaderas creadoras de toda la riqueza social, pero desposeídas de todo medio de producción, quedan obligadas a venderse a otros para poder sobrevivir.
(Los trabajadores y su pobreza de tiempo) Antón Rojo En algunos medios periodísticos se comienza a hablar de este aparentemente nuevo problema: “la pobreza de tiempo”. Y se le pasa a definir como la carencia de tiempo por parte de las personas para, después de su trabajo diario, disponer del ...